¿Sois tan tontos que necesitáis que os expliquen por qué tantos franceses han votado a Marine Le Pen?

¿Sois tan tontos que necesitáis que os expliquen por qué tantos franceses han votado a Marine Le Pen?

Cuando de forma pertinaz se nos requiere respuesta al por qué millones de franceses se decantaron por la opción política de Marine Le Pen, entonces es que algo anda muy mal en el continente que acuñó el principio filosófico de razón suficiente, según el cual todo lo que ocurre tiene una razón suficiente para ser así y no de otra manera.

Si nuestros analistas, nuestros sociólogos, nuestros politólogos, nuestros políticos, deben desviarse de una respuesta tan obvia para transitar por enrevesadas y fraudulentas explicaciones: que si la desigualdad económica, que si el descontento social, que si el problema de la vivienda, que si la carestía de la vida… entonces es que nuestra sociedad, en su estadio supuestamente más alto, la conforman indigentes mentales y estafadores intelectuales. Frente a la miríada de preguntas que estos días han inundado las cadenas televisivas sobre el por qué tantos franceses han votado a Le Pen, ni una sola respuesta se atenía al diagnóstico real.

A mi me inquieta esta tendencia de los occidentales a alejarse cada día más de la realidad. Imagine dos personas mirando una misma pantalla. El monitor es el mismo, pero cada una de ellas ve un mensaje diferente. No llevan gafas, ni casco de realidad virtual, ni usan una aplicación, ¿cómo es posible?

La respuesta está en la realidad paralela que las élites perciben. Dos mundos paralelos que se entrecruzan sin apenas reconocerse. Verdad oficial frente a verdad real.

Con lo fácil que, ante la preguntita de marras, habría sido la única respuesta real y honesta que cabía dar: millones de franceses han votado a Marine Le Pen porque no reconocen a su patria en esa forzada multiculturalidad que ha convertido en campos de mina las “banlieus” de todas las grandes ciudades, y porque saben que la identidad colectiva francesa no está hecha a base de retazos.

¿Tan alejada de la verdad está la corrección política que ni un solo analista ha sido capaz de decir alto y claro que los franceses que han votado a Len Pen, lo han hecho, de forma abrumadoramente mayoritaria, porque quieren una Francia más francesa, con menos atentados y más seguridad colectiva, con menos disturbios en las calles y más seguridad para la población, con menos mezquitas y más iglesias, con menos sincretismo en las calles y más zonas con familias del mismo color, con menos suburbios conflictivos y más espacios libres, con menos inmigración ilegal y más ayudas a los de casa…?

En ese pavoroso contexto, el mundialista Macron representa además un mayor sometimiento de los productores al dictado de los mercados, así como un mayor desarraigo familiar, debilitamiento moral, adoctrinamiento de los jóvenes franceses en la perversión, el relativismo y el nihilismo… Al liberalismo que defiende Macron se debe la mayor parte del proceso que mina y destruye la que se ha venido llamando civilización occidental, que no es otra, como decía Pio X, en “Notre charge apostólique” (1,11) que “la civilización cristiana”, vivificada por la fe y hecha cultura.

Asentada pues la necesidad de un cambio real, se le ofrecía a los franceses la posibilidad de presentarse ante Occidente como dispensadores del antivirus que es causa de nuestra mortificación, sin que el enfermo parezca aún tener conciencia de la naturaleza de su mal. Terminará teniéndola. La élite política y financiera de Occidente lo sabe. Y por eso están aterrorizados y lo demuestran cada día. Han creado un monstruo que ha terminado por ser incontrolable. De momento, los mortíferos efectos de su descontrol lo han padecido cientos de franceses en París, Niza, Marsella, Lyon, Alfortville, Saint Etienne… La pérdida de la identidad francesa no ha hecho sino crecer con Macron, lo que paralelamente ha incrementado el número de votantes franceses que no ocultan el verdadero nombre de la enfermedad, ni las recetas que son necesarias para su erradicación antes de que sea demasiado tarde.

El día antes de las elecciones galas, un cura y una monja fueron apuñalados en una iglesia de Niza. Una vez más, silencio oficial y ocultamiento de la naturaleza ideológica del ataque. ¿Es por tanto ilógico que millones de europeos no estemos dispuestos a postrarnos en el altar de la religión globalista a la espera de nuestra inmolación, mientras las expectativas vitales de la población estén siendo orientadas hacia los frondosos caminos de la telebasura, el fútbol y ahora los Pokemon como última y ritulante moda? La élite europea no podrá asumir nunca cuál es la verdadera razón del voto a Le Pen, porque necesita que el espíritu crítico del pueblo, su instinto rebelde, siga siendo tan estéril como una plantación de plátanos en la tundra siberiana.

Lo único que a esa élite parece ya inquietarle es el proyecto político que ella vincula a la extrema derecha; el único que en Europa puede espolear el ánimo de la gente hasta convertirlo en un corazón unido e inexpugnable contra los proyectos eugenésicos en marcha. Para cumplir sus objetivos y hacer frente a los que aquí defendemos, han adulterado principios y enajenado voluntades, han mixtificado la Verdad suprema que la Iglesia hasta hace poco defendía, han promovido modas ideológicas que no son sino la conservación y propagación del virus latente, han generado un lacerante estado de inconciencia absoluta, han alterado los principios maniqueos sobre los que se asienta la moral natural, han relativizado hasta el derecho a nacer. Lo único que no han podido es doblegar a personas como nosotros, plenamente conscientes de lo que está en juego. De ahí se entiende la obsesión con la llamada “extrema derecha” y todo el cúmulo de normas y campañas que han sido puestas en marcha para su aniquilamiento social.

La casta política y financiera está a la altura de los delincuentes. Las ideologías progresistas y liberales, pese a su descomunal apoyo propagandístico, son ya un monumental desastre, un fiasco superlativo. Hasta muchos escépticos reconocen que los monumentales errores que ha traído consigo la multiculturalidad están destruyendo Europa.

Se engañan quienes piensen que éste es un problema partidista. El fracaso es de todos los que a contrapelo de la tradición, de la historia y del sentido común, se obstinaron en vaciar los ideales tradicionales europeos para sustituirlos por otros que no podrán ser aceptados nunca sin alterar nuestro compromiso humano.

Mientras los barrios franceses más humildes van camino de afganizarse, ellos continúan ajenos al drama en sus residencias de lujo, rodeados de seguridad privada y de una legión de aduladores. Desde el cabo de Gata hasta el río Elba, se han hecho acreedores de nuestro desprecio.

De ahí que los franceses que no quieren dejar de serlo hayan votado tanto a Le Pen, quien no es precisamente santa de nuestra devoción. Nada nos cabe esperar de quienes han pervertido la Historia, la moral natural, el sentido comunal de pertenencia a un pasado y hasta el lenguaje, para impedir cualquier tentativa efectiva de cambio, deseando que balemos sin cesar como tiernos corderos, anhelando que nos apacenten.

Desde 1945 están utilizando este gran continente como pantalla, donde todo se ventila a espaldas de los intereses y del futuro de la gente. Se identifican antes con sus partidos, con la satrapía de Catar, con las órdenes de Bruselas y las consignas de los Bilderberg, que con su propio pueblo. Son la casta más cruel, despreciable y traidora a la que hayamos tenido que enfrentarnos nunca. Esa casta ha estado representada en las elecciones francesas por Emmanuel Macron. ¿Y aún tenéis la desvergüenza de preguntaros por qué Marine Le Pen ha obtenido tantos votos?

Fuente: Alerta digital